Eduardo
Galeano Las venas abiertas de América Latina
Las venas abiertas de América Latina es un libro publicado en 1971 por el escritor uruguayo Eduardo Galeano. En la obra, el autor opina de modo global sobre la historia de América Latina desde la colonización hasta la América Latina contemporánea, argumentando con crónicas y narraciones el constante saqueo de los recursos naturales de la región por parte de los imperios coloniales, entre los siglos XVI y XIX, y los Estados imperialistas, como el Reino Unido y los Estados Unidos principalmente, desde el siglo XIX en adelante. Esta novela histórica junto a El Espejo Enterrado de Carlos Fuentes, que ya comentamos en un blog anterior, constituye sin duda las dos mejores descripciones de la historia de América Latina y su integración con las monarquías europeas desde el siglo XVI hasta el siglo XXI. Fuentes explica particularmente las formación multinacional de los latinoamericanos con raíces, españolas, portuguesas, árabes, judías e indias, mientras que Galeano, documenta los orígenes del capital europeo con base a la explotación de la tierra y los habitantes América Latina.
La obra es, en síntesis, un reconteo de antecedentes,
argumentos, datos y referencias sistematizadas de aproximación a cada uno de
los temas sociopolíticos del contexto latinoamericano; y en la discusión
metódica de los fundamentos de este.
En 1973, poco después de la publicación, tuvo lugar el
golpe de Estado en Uruguay, con la consiguiente instauración de una
dictadura cívico-militar, la cual forzó a Galeano al exilio. Como
resultado de la perspectiva de izquierda del libro, fue censurado durante las
dictaduras militares de Chile (de Augusto Pinochet), Argentina (de
Jorge Rafael Videla) y el mismo Uruguay. En todas estas dictaduras,
en extremo violentas se hallaba la mano y el respaldo de uno de los imperios
denunciados por Galeano: los Estados Unidos de América. Según
contó, escribió el libro “en 90 noches plagadas de cafeína”, en las que trabajó
para interconectar las historias que ya se habían contado antes por separado y
en el lenguaje codificado de los historiadores, economistas o sociólogos.
“Traté de escribir de una manera tal que pudiera ser leído y disfrutado por
cualquier persona”.
Según Galeano, él no tenía la formación suficiente
para rematar la tarea en aquella época. “Las Venas Abiertas” intentó ser
una obra de economía política, solo que Galeano no tenía la formación
necesaria”, expresó. “No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa
que, para mí, está superada”.
Esta obra marcó la época en la que se escribió, causando
honda huella en los sectores juveniles críticos. Numerosos intelectuales han
llegado a considerar a este libro como La Biblia Latinoamericana. El
libro convirtió a Galeano en un blanco de las dictaduras militares. Fue
encarcelado en Uruguay y tras su liberación comenzó una vida en el
exilio. Se radicó en Argentina, gobernada por Juan Domingo Perón
donde fundó y editó una revista cultural llamada Crisis. Después del golpe
militar respaldado por Estados Unidos en ese país en 1976, el nombre de Galeano
se agregó a la lista de los condenados por los escuadrones de la muerte.
El libro consta de dos partes: "La pobreza del hombre
como resultado de la riqueza de la tierra" y "El desarrollo es un
viaje con más náufragos que navegantes". Además, también posee una
Introducción (Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta) y
una especie de conclusión denominada "Siete años después", escrita
justamente siete años después (1977) de la primera edición del libro, en la
cual Galeano hace notar que las cosas, lejos de mejorar, habían
empeorado.
Primera parte: La pobreza del hombre como
resultado de la riqueza de la tierra
La división internacional del trabajo consiste en que unos
países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo
que hoy llamamos América Latina fue precoz: se especializó en perder
desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a
través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América
Latina perfeccionó sus funciones. Este ya no es el reino de las maravillas,
donde la realidad derrotaba a la fábula y la emigración era humillada por los
trofeos de la conquista de los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero
la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las
necesidades ajenas, como fuentes y reservas del petróleo y el hierro, el cobre
y la carne como a las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con
destino a los países ricos que ganan, considerándolos, mucho más de lo que América
Latina obtienen produciéndolos. Son mucho más altos los impuestos que
cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores, y al fin y
al cabo, como declaró en Julio de 1968, Covey T. Oliver, coordinador de
la alianza para el progreso, hablar de precios justos en la actualidad es un
concepto medieval, estamos en plena época de la libre comercialización,
verbigracia Neoliberalismo caníbal.
"Las fuentes subterráneas del poder":
capítulo dedicado a las riquezas mineras y las atrocidades cometidas en su
nombre.
Es América Latina, la región de las venas abiertas.
Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en
el capital europeo o, más tarde, norteamericano y como tal se ha acumulado y se
acumula en los lejanos centros de poder. Toda la Tierra, sus frutos y sus
profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de
consumo, los recursos naturales y los recursos humanos, todos ello ha permitido
el modo de producción y la estructura de clase de cada lugar, que han sido
sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje
universal del capitalismo. Que se transformó a partir de finales del siglo XX y
principios del siglo XXI en neoliberalismo. A cada cual se le ha asignado una función,
siempre beneficio del desarrollo de las metrópolis extranjeras de turno, y se
ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más
de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina,
la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, las fronteras
adentro de cada país, que transfiere la explotación rural a las grandes
ciudades y los puertos que ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y
manos de obra.
Hace cuatro siglos y había nacido 16 de las 20 ciudades
latinoamericanas más pobladas de la actualidad. Para quienes conciben la
historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina
no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos, otros ganaron. Pero
ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la
historia de su desarrollo proviene en gran medida de América Latina
íntegra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Se
base en nuestra derrota, su crecimiento económico estuvo siempre implícita en
la victoria ajena, nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza, para
alimentar la prosperidad de otros; Los imperios y sus capacidades y sus capitalistas
nativos. En la alquimia colonia línea, el oro se transfigura en chatarra, y los
alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron
en picada desde la cumbre del esplendor de los metales preciosos al profundo
agujero de los socavones vacíos y fue el destino de la pampa chilena del
salitre y de la selva amazónica del caucho, el nordeste azucarero de Brasil,
los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago
de Maracaibo tienen dolorosas razones para querer creer en el amor en la
mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La
lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga a los vastos
suburbios del sistema. Del mismo modo y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes -dominantes
hacia adentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes
condenadas a una vida de bestias de carga
El primer capítulo "Fiebre del oro, fiebre de la
plata": narra de forma sucinta toda la fiebre del oro y de la plata,
desde la llegada de Cristóbal Colón hasta que estos metales se agotaron
o perdieron su valor. Para los mexicanos las minas de oro y plata de Zacatecas,
Guanajuato, Taxco son relatadas con mucha precisión, dónde la enajenación
de las poblaciones nativas por la religión le permitió a los españoles explotar
estos yacimientos, por algo la espada de los conquistadores en su empuñadura
era una cruz, por Jesucristo o por el miedo, los españoles explotaban a los
indios que morían en las minas por las condiciones insalubres, las enfermedades
particularmente las neumonía por intoxicación de metales eran comunes para
ellos, la muerte era una liberación de esa vida.
Había así oro y plata en grandes cantidades acumuladas en
las mesetas de México y en el altiplano andino. Hernán Cortés
reveló para España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de Moctezuma,
y 15 años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate, un aposento
lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar Atahualpa
antes de entrar a estrangularlo. Años antes con el oro arrancado de las Antillas
se habían pagado la corona los servicios de los marineros que habían acompañado
a Colón en su primer viaje finalmente la población de las islas del
caribe dejó de pagar tributos porque desapareció los indígenas fueron
completamente exterminados en los lavaderos de oro, en las terrible tarea de
revolver las arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o
roturando los campos así hasta más allá de las extenuación, con la espalda
doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos de la España.
Muchos son indígenas de la dominación se anticiparon al destino impuesto por
sus nuevos o por seres blancos mataban a sus hijos y se situaban en masa como
el cronista oficial Fernández de Oviedo escribió sobre el holocausto de
los antillanos, muchos de ellos por se mataron con ponzoña para no trabajar y
otros se ahorcaron, pero a su manera por sus propias manos.
Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de
plata en la época de auge de la ciudad de Potosí, de plata en los
altares de las iglesias y las alas de los querubines en las procesiones en 1658
para la celebración del Corpus Christi las calles de la ciudad fueron
desempeñadas desde la matriz hasta la iglesia de los Recoletos y
totalmente cubierta con barras de plata a partir del descubrimiento del cerro
de Potosí. Don Quijote de la Mancha habla con otras palabras,” vale uno
potosí” advierte a Sancho, vena yugular en el virreinato manantial de plata
de América, Potosí contaba con 120,000 habitantes según el censo de 1573.
Sólo 25 años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los páramos andinos
y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que Londres y más
habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París hacia 1651 nuevo centro
adjudica a potosí 160,000 habitantes era una de las ciudades más grandes y
ricas del mundo diez veces más habitada que en Boston en esos tiempos de
Nueva York ni siquiera había empezado a llamarse así.
Galeano hace frecuentemente
comparaciones y relatos del saqueo que los españoles hicieron en Sudamérica
y en México, dónde encontraron abundante plata y oro, mientras las ciudades
europeas florecían, las americanas desaparecían por lo difícil que era el
trabajo en las minas dónde miles, si no millones de habitantes de América
murieron sacando de sus tierras los metales que les causaron la muerte.
Describe que la corona española estaba hipotecada. Sevilla
debía por adelantado casi todos los cargamentos de plata a los banqueros
alemanes, genoveses, flamencos, ingleses y españoles. También los impuestos
recaudados dentro de España corrían, en gran medida, esta suerte: en
1543, un 65% del total de las rentas reales se destinaban al pago de
anualidades de los títulos de la deuda. Solo una mínima medida, la plata
americana se incorporaba a la economía española, aunque quedaba formalmente
registrada en Sevilla iba a parar a manos de poderosos banqueros
anglosajones. Hasta las mantillas famosas de las gitanas sevillanas se hacían
en Inglaterra. Aquel imperio rico tenía una metrópoli pobre y, aunque en
ella la ilusión de prosperidad levantada a burbujas cada vez más hinchadas: la
corona debía por todas partes, mientras la aristocracia se consagraba al
despilfarro y se multiplicaba, en el suelo español, los curas y los guerreros,
los nobles y los mendigos, al mismo ritmo frenético que crecían los precios de
las cosas y las tasas de interés del dinero, la industria morirá al nacer en
aquel reino de los despilfarros estériles y enferma la economía española no
podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y
mercancías que eran la inevitable consecuencia de la expansión colonial. Solo
unos poderosos banqueros los Fugger habían adelantado al Papa los
fondos necesarios para terminar la catedral de San Pedro, mientras la
aristocracia se consagraba al despilfarro y se multiplicaban, en suelo español,
los curas, los guerreros, los nobles y los mendigos, al mismo tiempo que se
hundía la economía de la corona, por eso se reflexionaba en ese dicho del siglo
XVI “no todo lo que brilla es oro”. Galeano cita a Ernest Mandel
el cual calculo sumando el valor del oro y la plata, de América hasta 1660, el
botín de extraído de Indonesia por la compañía holandesa de las indias orientales
desde 1650 hasta 1780, las ganancias del capital francés en la trata de
esclavos durante el siglo XVIII, las entradas obtenidas por el trabajo esclavo
en las Antillas Británicas y el saqueo inglés de la India durante
el medio siglo, sumado a la venta de esclavos extraídos de África a América:
el resultado supera el valor de todo el capital invertido en todas las
industrias europeas hasta 1880. Mandel hace notar que esta gigantesca
masa de capitales creó un ambiente favorable a las inversiones en Europa,
estimuló el espíritu de empresa y financió directamente el establecimiento de
las manufacturas que dieron un gran impulso a la revolución industrial. Pero,
al mismo tiempo, la formidable concentración de la riqueza en beneficio de Europa
impidió, en las regiones saqueadas, el salto a la acumulación de capital
industrial. La doble tragedia de los países en desarrollo consiste en que no solo
fueron víctimas de ese proceso de concentración internacional, sino que
posteriormente han debido tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar
la acumulación originaria del capital industrial, en un mundo que está inundado
con los artículos manufacturados por una industria ya madura, la Occidental.
Europa necesitaba oro y plata. Los medios de pago de circulación se
multiplicaban sin cesar y era preciso alimentar los movimientos del capitalismo
a la hora del parto. Los burgueses se apoderaban de las ciudades y fundaban
bancos, producían e intercambiaban mercancías, conquistaban mercados nuevos.
Oro, plata, azúcar: la economía colonial, más abastecedora que consumidora, se
estructuró en función de las necesidades del mercado europeo, y a su servicio. El
valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos fue, durante
prolongados periodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las
importaciones, compuesta sobre todo por esclavos, sal, vino, aceite, armas,
paños y artículos de lujo, los recursos fluían para que la acumularan las
naciones europeas emergentes. Esta fue la misión fundamental que había traído
los pioneros, aunque además aplicaran el Evangelio, casi tan frecuentemente
como el látigo, a los indios ignorantes. La estructura económica de las
colonias ibéricas nació subvertida al mercado externo y, en consecuencia,
centralizada en torno del sector exportador, que concentraba la renta y el
poder.
En América Latina, la región de las venas abiertas.
Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha transmutado siempre en
capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se
acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la Tierra sus frutos y sus
profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de
consumo toma los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de
producción y la estructura de clase de cada lugar ha sido sucesivamente
determinados, desde fuera por su incorporación al engranaje universal del
capitalismo primero y del neoliberalismo en el siglo XXI. A cada cual se le ha
asignado una función siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera
de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que
tienen mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro
de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos
mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes
ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de
obra. Hace cuatro siglos y había nacido 16 de las 20 ciudades latinoamericanas
más pobladas de la actualidad.
Para quienes conciben la historia como una competencia el atraso,
y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su
fracaso. Perdimos, otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron
gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina
íntegra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial y
del neoliberalismo en América Latina. Nuestra
derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena, nuestra riqueza ha
generado siempre nuestra pobreza, para alimentar la prosperidad de otros: los
imperios y sus capitales nativos, en la alquimia colonial y neocolonial como el
oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno. Potosí,
Zacatecas y Auro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores
de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la
ruina que fue también el destino de la pampa chilena del salitre y de la
selva amazónica del caucho del nordeste azucarero de Brasil, los
bosques argentinos de quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de
Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las
fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa, la lluvia que
traiga a los centros del poder imperialista aboga los vastos suburbios del
sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases
dominantes -dominante hacia adentro, dominadas desde fuera - es la maldición de
las multitudes condenadas a una vida de bestias de carga-.
"El rey azúcar y otros monarcas
agrícolas": el capítulo más extenso del libro. En él se
habla sobre las usurpaciones de los recursos en distintas regiones a lo largo
de los años en manos de las grandes potencias (como son el caso del azúcar
en Cuba y el caucho en Brasil). Galeano
relata como Manaos en el norte de Brasil, fue una ciudad que floreció con el caucho, en su
teatro construido ex profeso con el estilo del siglo XVII tuvo su máxima
expresión con la presencia de Enrico
Caruso tenor italiano el más famoso
de su época que canto en Manaos, también describe como al inventarse la goma
del petróleo, aquella ciudad murió tan rápido como creció, ciudades y pueblos
que crecieron por la explotación de sus recursos y que murieron literalmente al
terminarse ese recurso.
Un puñado de caballeros, 200
infantes y unos cuantos perros especialmente entrenados para el ataque
diezmaron a los indios, pero más daños causaron las enfermedades que trajeron
los conquistadores, para los cuales los indios no tenían inmunidad y la
histórica división que hacen las intrigas entre los pueblos nativos, los Tlaxcaltecas fueron los que derrotaron a los Aztecas, pensando que se liberaban, no supieron a tiempo de que pasaron de la
esclavitud de los Aztecas que respetaban sus costumbres al yugo europeo que
no respetaba nada. Más de quinientos indios, fueron enviados a España, vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos teólogos
protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer
el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendecida: antes de cada
entrada militar como los capitanes de la conquista deberían leer a los indios
ante un escribano público, un extenso y retórico requerimientos que los exhortaba
a convertirse a la santa fe católica: si no lo hicierais, o en ellos dilación
maliciosamente pusierais, certificados que con la ayuda de Dios, yo entraré
poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas partes y manera que
yo pudiere, os sujetaré al yugo y la obediencia de la iglesia y de su majestad y tomaré
vuestras mujeres y hijos y los haré esclavos, y como esclavos los venderé, y
dispondré de ellos como su majestad mandaré, y os tomaré vuestros bienes y os
haré todos los males y daños que pudiere. Y
lo hicieron al pie de la letra, produciendo el mayor magnicidio de la Historia
de la humanidad.
Fluyó la riqueza. El emperador Carlos V dio pronto señales de gratitud otorgando a Potosí el título de villa imperial y un escudo con esta inscripción: soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia, soy de los reyes. Apenas 11 años después del hallazgo de Hualpa en Bolivia, ya la recién nacida villa imperial celebra la coronación de Felipe II con festejos que duraron 24 días y costaron 80 mil pesos fuertes. Llovían los buscadores de tesoros sobre él inhóspito paraje junto el cerro, a casi 5,000 m de altura, era el más poderoso de los imanes, pero a sus pies la vida resultaba dura, inclementemente, como se pagaba el frío como si fuera un impuesto y en un abrir y cerrar de los ojos una ciudad rica y desordenada brotó en Potosí junto con la plata. Auge y turbulencia del metal: Potosí pasó a ser el nervio principal del reino, según lo define el virrey Hurtado de Mendoza. A comienzo del siglo XVII ya la ciudad contaba con 36 iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y 14 escuelas de baile. Los salones, los teatros y los tablados para las fiestas lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería; De los balcones de las casas colgaban damascos coloridos, lamas de oro y plata junto las sedas y los tejidos venidos de Granada, Flandes, y Calabria; Los sombreros de Paris y Londres; Los diamantes de Ceilán; Las piedras preciosas de la India; Las perlas de Panamá; Las medias de Nápoles; Los cristales de Venecia; Las alfombras de Persia; Los perfumes de Arabia y la porcelana de China. Las damas brillaban de pedrería, diamantes, rubíes y perlas y los caballeros sostendrían finos paños bordados en Holanda junto a la lidia de toros seguía el juego de los la sortija y nunca faltaban los duelos de estilo medieval como lances de amor y de orgullo, con cascos de hierro empedrados de esmeraldas y vistosos por promover plumajes sillas y estribos de filigrana de oro, espadas de Toledo y pueblos chilenos enajenados con lujo.
Aquella violenta marea de codicia
como horror y bravura no se abatió sobre estas comarcas sin el precio del
genocidio nativo: las investigaciones recientes mejor fundadas y distribuyen al
México pre colombiano una población que oscila entre los 25
y 30 millones y se estima que había una cantidad semejante de indios en la
región andina; América Central y las Antillas contaban entre 10 y 13 millones
de habitantes. Los indios de las américas sumaban no menos de 70 millones
quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte;
Un siglo y medio después se había reducido, en total a solo 3.5 millones, murieron o desaparecieron, 67.5 millones
de indios de América Latina. Según el
marqués de Barinas entre Lima y
Paita, donde habían vivido más de 20
millones de indios, no quedaban más que 4,000 familias indígenas en 1685. El
arzobispo Liñán y Cisneros ciánicamente negaba el aniquilamiento de los indios:
es que se ocultan – decía - para no pagar tributos, abusando de las libertades
que gozan y que no tenían en la época de los incas.
No es posible para los latinoamericanos actualmente tener la mínima visión del holocausto indígena, nunca hemos tenido la habilidad de los judíos para
magnificalas, ni los medios de comunicación para a partir de repeticiones infinitas
del holocausto indígena pedir su reivindicación o por lo menos su
aceptación de esta lacerante verdad histórica.
El rey azúcar y otros monarcas agrícolas. Las plantaciones, los latifundios y el destino.
La búsqueda del oro y de la plata
fue sin duda, el motor central de la conquista. En su segundo viaje, Cristóbal Colón trajo las primeras raíces de caña de azúcar, desde
las Islas Canarias, y las plantó en las tierras que hoy ocupa la República Dominicana. una vez sembradas, dieron rápidos retoños, para
gran regocijo del almirante. El azúcar que se cultiva en pequeña escala en Sicilia, en Las Islas
Madeira y Cabo
Verde y se compraba a precios altos,
en Oriente, era un artículo tan codiciado para las europeas
que hasta en los ajuares de las reinas llegó a figurar como parte de la dote. Se
vendía en las farmacias, se le pesaba por gramos. Durante poco menos de tres
siglos a partir del descubrimiento de América, no hubo, para el comercio de Europa, producto agrícola más importante que el azúcar cultivado en estas tierras,
tal vez otros dos cultivos no habrían tenido el valor económico pero si el
social, el café y el cacao, que harían los europeos sin café y chocolate. Se
alzaron los cañaverales y litoral húmedo y caliente del nordeste de Brasil, y posteriormente también en las islas
del caribe, claro sucesivos escenarios
propicios para la explotación, en gran escala, d de la planta son el oro blanco.
De la plantación colonial,
subordinada a las necesidades extranjeras y financiada, en muchos casos, desde
el extranjero, proviene
línea directa el latifundio de nuestros días, el levantamiento de Emiliano Zapata en Morelos,
buscaba la reivindicación de las tierras a los indígenas para seguir
cultivando su maíz, piedra de su cultura y su alimentación, que había sido
sustituida por los cañaverales de azúcar, para que queremos ese demonio que nos
quita nuestro alimento, ese fue el grito de Zapata, “tierra y libertad”. Este es uno de los cuellos de botella que
estrangulan el desarrollo económico de América Latina y uno de los
factores primordiales de la marginación y la pobreza de las masas
latinoamericanas. El latifundio actual, mecanizado en medida suficiente para
multiplicar los excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de
brazos baratos. Ya no depende de la importación de esclavos africanos ni de la
encomienda de indígena. Al latifundio le basta con el pago de jornales
irrisorios, la retribución de servicios en especie o el trabajo gratuito a
cambio de usufructo de un pedacito de Tierra, se nutre de la proliferación de
los minifundios, resultado de su propia expansión, de la continua migración
interna de legiones de trabajadores que se desplazan, empujados por el hambre,
al ritmo de las zafras sucesivas.
El nordeste era la zona más rica
de Brasil y hoy es la más pobre; en Barbados y Haití habitan hormigueros humanos condenados a la
miseria; el azúcar se convirtió en la llave maestra del dominio de Cuba por los Estados
Unidos, al precio del monocultivo y del
empobrecimiento impecable del suelo. No solo el azúcar. Esto es también la
historia del cacao, que alumbró la fortuna de la oligarquía de Caracas; Del algodón de Maranhao, del súbito esplendor y súbita caída de las
plantaciones de caucho en el Amazonas, convertidas en cementerios para los obreros
nordestinos que se les paga con unas moneditas de los arrasados bosques de Quebracho del noreste
argentino y el Paraguay; De las fincas del henequén en Yucatán, donde los indios yaquis fueron enviados al exterminio. Es también la
historia del café, que avanzaba abandonando desiertos a sus espaldas, y de las
plantaciones de frutas en Brasil, Colombia
y Ecuador y en el rechazo de los países
centroamericanos, con mejor o peor suerte, cada producto se ha ido convirtiendo
en un destino, muchas veces fugaz, para los países, las regiones y los hombres.
El mismo itinerario ha seguido, por cierto, las zonas productoras de las
riquezas minerales. Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayores desgracias
que un producto trae consigo al
pueblo latinoamericano que, con su
sacrificio, lo crea. La zona menos castigada por la ley del acero, el Río de La Plata, que arrojaba cueros, luego carne y lana las corrientes
del mercado internacional, no ha podido, sin embargo, escapar de la jaula del
subdesarrollo.
Adam Smith decía que el descubrimiento de América había elevado el sistema mercantil a su primer esplendor y gloria que de
otro modo no hubiera alcanzado jamás. Según Sergio
Bagú, el más formidable motor de la acumulación del
capital mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital
resultó la piedra fundamental sobre la que se construyó el gigantesco capital
industrial de los tiempos contemporáneos. La resurrección de la esclavitud
grecorromana en el nuevo mundo tuvo propiedades milagrosas; multiplicó las naves,
las fábricas, los ferrocarriles y los barcos de los países que no estaban en el
origen, con excepción de los Estados
Unidos, tampoco en el destino de los
esclavos que cruzaban el Atlántico. Entre los albores del siglo XVI y la agonía
del siglo XIX varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el
océano se sabe, sí que fueron muchos más que los inmigrantes blancos,
provenientes de Europa, aunque, claro esta, mucho menos sobrevivieron del Potomac al Río de La Plata, los esclavos edificaron las casas de sus de sus
amos, talaron los buques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron
algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco, y rastrearon los cauces en
busca de oro punto ¿a cuántos Hiroshimas, equivalen sus exterminios sucesivos ?, como decía
un plantador inglés de Jamaica, -a los negros es más fácil comprarlos que criarlos-.
Cio Prado calcula que hasta el principio del siglo XX había
llegado a Brasil entre 5 y 6 millones de africanos, para entonces,
ya Cuba era un mercado de esclavos tan grande como lo había
sido antes todo el hemisferio occidental.
Es prácticamente imposible
escribir nuevamente la cantidad de datos que presenta Galeano, pero una cosa queda claramente documentada, las Venas de América Latina dieron la sangre que permitió la revolución industrial
en Europa, mientras que en América Latina dejo una
larguísima lista de muertos, despojos, explotaciones en nombre de la
civilización y la religión europea, por eso para los Latinoamericanos el
sufrimiento de Jesucristo está históricamente justificado.
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